"Ah, pero eso ya pasó... ya ni modo".
¿Cuántas veces has pronunciado esa frase con una sonrisa ligera, restándole importancia a algo que te dolió en el alma?
Hace casi tres meses perdí a mi padre. En medio de este duelo, decidí regresar a terapia personal (porque sí, los terapeutas también vamos a terapia, ¡y vaya que lo necesitamos!). Hace unos días, platicando con mi psicólogo sobre ciertas dinámicas del pasado con mi madre, solté uno de esos "pero bueno, ya pasó, equis" con total naturalidad.
Mi terapeuta abrió los ojos enormes. Me miró y me dijo: “¿Cómo que ya pasó?”.
Yo me encogí de hombros. "Pues sí, ya pasó. Ni modo que regrese el tiempo o haga algo al respecto". Él, con mucha sabiduría, me detuvo y me dijo: “No podemos regresar el tiempo, pero sí podemos mirar lo que pasó. Te pido que lo trabajemos en la siguiente sesión”.
Y así lo hicimos. En la siguiente consulta abrimos una caja de Pandora que yo juraba que ya estaba sellada con tres candados. Empezamos a escarbar en mi relación con mi mamá. Para mí, muchas de sus conductas difíciles ya estaban "superadas", "perdonadas" o simplemente normalizadas bajo la etiqueta de "así es ella".
Mi terapeuta me confrontó con una verdad incómoda: lo ideal, lo sano, es reconocer que mamá sí se pasó de la raya. Que sí dolió. Que se vale enojarse y decir todo lo que se tenga que decir, en lugar de anestesiar el dolor bajo el tapete de la resignación.
El miedo a despertar a la bestia
Curiosamente, yo me dedico a esto. A mis pacientes en terapia les repito constantemente la importancia de reconocer el dolor, de habitar la emoción y de validar su propia historia. Pero cuando el espejo me apuntó a mí, sentí un frío en el estómago.
Le dije a mi terapeuta con toda la honestidad de mi alma: "La bestia la tengo dormida, no muerta. Y me da pánico despertarla".
¿Te suena familiar? Muchas veces no nos permitimos conectar con el enojo sagrado hacia nuestros padres por un miedo profundo:
Miedo a que, si soltamos la rabia, nos convirtamos en monstruos llenos de rencor.
Miedo a "odiar" a quien nos dio la vida (un tabú social gigantesco).
Miedo a que el enojo sea una bola de nieve que nos destruya por dentro.
Pero hoy, desde mi propia vulnerabilidad y como terapeuta, quiero decirte algo que también me estoy recordando a mí misma: reconocer la herida materna no tiene nada que ver con ir a reclamarle a mamá, ni con ir a gritarle que "se pasó de lanza".
Tu mamá hizo lo que pudo con el nivel de conciencia que tenía en ese momento (y eso lo entendemos desde la biodescodificación y el amor cuántico). Pero comprenderla a ella no significa anularte a ti.
El derecho a ser escuchada por ti misma
Sanar la herida materna es un proceso íntimo, de ti para ti. Se trata de:
Dejar de normalizar el abuso o el rechazo: Si dolió, dolió. Tu niña interior merece que hoy, de adulta, valides ese dolor en lugar de decirle "ya pasó, cállate".
Permitirte el enojo sagrado: El enojo no es malo; es una fuerza que te dice "aquí se cruzó un límite". Dejar salir a la bestia en un espacio seguro (como la terapia o la escritura) evita que esa energía se condense y se convierta en síntoma físico o bloqueo emocional.
Darte el apapacho que te faltó: Mereces ser escuchada, mereces ser atendida y mereces ser profundamente amada. Si mamá no pudo dártelo, hoy te toca a ti ser la madre de ti misma.
Esta última semana ha sido un sacudidor hermoso y doloroso para ir, una vez más, hacia adentro. La sanación no es un camino lineal; es un espiral. A veces pasamos por el mismo punto, pero con mayor madurez para ver el paisaje desde otra altura.
Hoy te invito a que te preguntes: ¿Qué dolores de tu infancia estás escondiendo detrás de un "ya pasó"? ¿A qué bestia le tienes miedo?
Aquí estoy, contigo en el camino, sanando mi propia historia para poder sostener la tuya con los brazos y el corazón bien abiertos para cuando encuentras puertas que no quieres abrir
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